Entrañable y sentido artículo de Rubén Villanueva (responsable de comunicación de COAG) tras el asesinato de Javier Sánchez y Esther Latorre.
Ni la última conversación. Ni el último abrazo. Ni la última vez que alguien nos mira con esa mezcla de cariño y complicidad que solo regalan los años compartidos. Por eso esta fotografía duele. Porque en ella no hay tragedia. No hay noticia. No hay titulares. Sólo hay vida. Esther ríe con la cabeza ligeramente echada hacia atrás. Javier la mira como se mira aquello que forma parte de uno mismo desde hace tanto tiempo que ya resulta imposible distinguir dónde termina una vida y empieza la otra. Entre ambos no parece haber espacio para nada más. Solo esa alegría sencilla que a veces aparece cuando el tiempo afloja un momento su presión y permite que las personas sean exactamente quienes son.
Quizá por eso esta imagen contiene una verdad que ninguna crónica podrá contar jamás.
La verdad de dos personas que dedicaron su vida a sembrar.
Sembrar tierra, sí. Pero también ideas, derechos, comunidad y futuro.
Conocí a Javier Sánchez hace más de 20 años. Durante ese tiempo compartimos muchas conversaciones y también muchos silencios. Los suficientes para saber que detrás del sindicalista, del negociador, del dirigente agrario que tantas veces ocupó espacios de responsabilidad, habitaba alguien profundamente preocupado por entender el mundo.
Con Javier se podía empezar hablando del precio del cereal y acabar hablando de Gramsci. O de los movimientos antiglobalización. O de la derrota cultural de la izquierda. O de la soberanía alimentaria. Porque para él nada estaba desconectado. Lo que ocurría en Bruselas, en América Latina o en cualquier foro internacional terminaba teniendo consecuencias sobre la vida de un agricultor de las Cinco Villas.
Tenía esa rara inquietud intelectual de quienes no se conforman con gestionar la realidad y sienten la necesidad de comprenderla. Y tenía también carácter. Mucho carácter.
Era vehemente, apasionado, obstinado a veces. Defendía sus posiciones con una intensidad que podía generar discrepancias, pero jamás daba la impresión de estar fingiendo. Había algo profundamente honesto en Javier. Uno podía estar de acuerdo o no con él, pero siempre sabía que hablaba desde una convicción sincera.
Quizá por eso generaba respeto.
La última vez que hablamos fue hace un par de meses.
Recuerdo perfectamente la escena porque ahora vuelve una y otra vez, como vuelven las cosas que uno no sabía que estaba guardando para siempre. Le dije, medio en broma y medio en serio, que estaba alcanzando el aspecto casi perfecto para convertirse en el Papá Noel oficial de las Cinco Villas. La barba blanca, las gafas, esa mezcla de autoridad y cercanía que le daban los años.
Se río. Y entonces hizo algo que llevaba haciendo un cuarto de siglo. Me puso la mano en el hombro.
Después me miró por encima de las gafas, de esa manera tan suya, como quien está a punto de pronunciar una reflexión importante o de desmontarte un argumento en tres frases. Era un gesto inconfundible. Un gesto que conocían bien quienes compartieron camino con él. Porque Javier hablaba con palabras, pero también con esas pequeñas liturgias humanas que terminan convirtiéndose en parte de una persona.
Hoy pienso mucho en ese instante.
Y me doy cuenta de que, sin saberlo, aquella conversación contenía una despedida. No una despedida consciente. Nadie vive así. Nadie camina pensando que está atravesando por última vez una puerta o terminando para siempre una conversación.
Por eso la muerte resulta tan desconcertante.
Porque siempre deja asuntos por hablar.
Javier Sánchez dedicó su vida al sindicalismo agrario porque creía que la dignidad de quienes trabajan la tierra merecía ser defendida. Lo hizo desde UAGA, desde COAG, desde Via Campesina, desde las cooperativas, desde las instituciones, desde Europa y desde cada espacio donde pensó que podía ser útil.
No buscaba quedar bien. Buscaba cambiar cosas. Y eso, a menudo, tiene un coste.
Junto a él caminó siempre Esther Latorre. Agricultora, sindicalista y defensora de los derechos de las mujeres rurales. Compartieron una forma de entender el campo que iba mucho más allá de la producción agraria. Ambos creían en un mundo rural vivo, justo y con oportunidades para quienes decidieran quedarse. Esa fue, quizá, su verdadera militancia.
Defender que los pueblos importan.
Que la agricultura importa.
Que las personas importan.
Ahora que ya no están, resulta inevitable pensar en Labordeta.
No en el Labordeta de los discursos, sino en el de los caminos. En el hombre que sabía que un país se sostiene gracias a la gente corriente que trabaja lejos de los focos.
Javier Sánchez y Esther Latorre pertenecían a esa estirpe.
La de quienes rara vez ocupan portadas y, sin embargo, sostienen buena parte de lo que somos.
Por eso duele tanto su ausencia.
Porque no perdemos únicamente a dos personas.
Perdemos una forma de estar en el mundo.
Y, sin embargo, basta volver a mirar esta fotografía para comprender que hay algo que la muerte no consigue llevarse.
La risa de Esther.
La mirada de Javier.
La ternura de un instante compartido.
Las cosechas terminan. Los años pasan. Las personas se marchan.
Pero las raíces permanecen.
Trabajando en silencio bajo la tierra.
Sosteniendo lo que vendrá.
Y hay vidas, muy pocas, que acaban convirtiéndose precisamente en eso.
En raíces.
Javier y Esther ya forman parte de ellas.